Adicciones, una rave, el Teatro Español… e Irene Escolar reafirmando que es la actriz del siglo XXI
Emma es actriz. Está en escena interpretando el papel protagonista de La gaviota. “A mí habría que matarme”, dice. Lo dice porque así está escrito en el texto, pero también porque lo piensa. Instantes después, colapsa. Emma, Nina y todo lo demás. Ahí comienza su viaje hacia la recuperación. Ahí empieza Personas, lugares y cosas.
Los días en la clínica de desintoxicación, junto al grupo de profesionales y pacientes, se convierten en el espacio donde Duncan Macmillan despliega un viaje hacia el corazón del trauma, una búsqueda por sanar la herida. ¿Cómo volver a estar aquí, después de tanto tiempo queriendo irse? En la obra no hay certezas, pero sí una acción sostenida: escuchar. Escuchar a los otros, dejar de mirarse por un rato. Y así, verse mejor. Saberse parte de un grupo que conoce tanto del placer como del sufrimiento. “Estoy aquí. Estás aquí. Estamos aquí”, dice Emma. Y algo del dolor se calma al saberse cerca.

imagen de Mario Zamora
Crítica: Personas, lugares y cosas
Personas, lugares y cosas es una de las grandes revelaciones de la temporada, dirigida por Pablo Messiez con una precisión que sacude al espectador de principio a fin.
El escenario del Teatro Español aparece vacío y, al mismo tiempo, lleno de cosas. Las adicciones —ese territorio que no entiende de clases, estatus ni ideologías— se sitúan como eje central. En un momento histórico en el que el ruido mental y la autoexigencia están en su punto más alto, la obra retrata cómo aparecen ellas, las adicciones, como una tabla de salvación que, en realidad, arrastra a Emma a lugares cada vez más profundos y oscuros.
Emma es una actriz con demasiadas heridas del pasado. Cree que sana cuando consume, porque ese instante le da una tranquilidad que nada más consigue ofrecerle. Una realidad distorsionada que confunde con vivirlo todo intensamente. Y aquí surge la pregunta inevitable:
¿acaso no somos ahora un poco adictxs a no querer perdernos nada? A vivir momentos heroicos, a aspirar a una vida “chulísima y de post(al)”. Nadie está exento de esto. Y, aun así, nadie lo habla.
Una rave en el corazón del Teatro Español
Imaginar el Teatro Español transformado en una rave es una sensación impactante. Messiez logra que esa vorágine forme parte del viaje emocional de la obra: la pulsión, la caída, la repetición, el vértigo.
El reparto está impecable: cada intérprete suma, nadie sobra. La adaptación, la dirección, el equipo de arte, de sonido, de iluminación… todos construyen un universo donde la técnica es invisible, pero esencial. En obras como esta, son quienes consiguen que el espectador se sumerja por completo.
Y ahora sí: permítanme detenerme en una persona en particular
Con todo mi respeto —y desde una opinión absolutamente personal, como toda crítica— quiero detenerme en Irene Escolar.
Llevo meses pensando que Irene Escolar es la actriz tocada con la varita mágica para ser LA ACTRIZ del siglo XXI. La había visto en cine y en series, pero nunca en teatro. Y qué obra más oportuna para verla, por primera vez, sobre un escenario.
Lo que hace en Personas, lugares y cosas es sobrehumano.
No puedes dejar de mirarla. Analizas cada frase, cada gesto, incluso cuando no está en escena. Su transformación es brutal. Tiene una capacidad expresiva y una presencia que te dejan con la boca abierta.
Una obra que remueve, sacude y libera
Salí del teatro con adrenalina, con preguntas, con el corazón y la mente corriendo a la vez. Con ganas de decir mucho y, a la vez, sin saber por dónde empezar. Es una obra que te coloca frente a ti misma, frente a tus fugas y tus contradicciones, y aun así te deja con una extraña sensación de calma, de paz mental.
Y sí:
esta obra es adictiva.
Una vez la ves, no se te quita de la cabeza.
Por favor, vayan a ver Personas, lugares y cosas en el Teatro Español hasta el 10 de enero.