‘Han cantado bingo’: el duelo a través de la mirada de una niña

Lana Corujo nació en Lanzarote, paisaje protagonista indiscutible de la obra ‘Han cantado bingo’, un libro que resulta a su vez difícil –por su crudeza– y fácil –por su ligereza– de leer. Cuenta la historia de dos hermanas atravesadas por una violencia familiar y la presencia de un volcán, El Ahorcado.

Lana es una poeta e ilustradora canaria a la que “le aterraba publicar” pero a la que le encanta escribir. Tuvo que aprender a bloquear la mirada externa porque, por primera vez, su relato podía ser leído. Mezcla sus dos pasiones –la escritura y la ilustración– en una obra única, que ha ido creciendo por el boca a boca.

La autora recurre a técnicas novedosas para introducir los diálogos, según explica la propia autora: “La cursiva simboliza la fragilidad y la duda; el subrayado, la importancia; y [los corchetes], un muro de incomunicación entre la protagonista y el mundo que la rodea”.

También vemos huellas de su pasión por la ilustración en los propios simbolismos a los que recurre. Usa metáforas para contar las cosas de otro modo, para conseguir retratar el duelo desde la perspectiva de alguien que aún no entiende lo que es.

La propia estructura de la obra nos guía y nos acompaña por la historia: hay saltos constantes en el tiempo, mediante capítulos en los que cambia la edad de la protagonista. Así, pasamos de la infancia a la adolescencia, de la adultez a la vejez y de vuelta. Es un libro escrito por fragmentos: los de la infancia son más cortos porque reflejan que tenemos menos recuerdos, o menos palabras para nombrar el mundo. Pero en todas las etapas vemos atravesado el mismo sentimiento: la culpa.

Nos encontramos frente a una niña que tiene que crecer demasiado rápido, que tiene que asumir un rol que no le pertenece, el de cuidadora. Y ello conlleva asumir la culpa de no haber sabido cuidar, aun cuando no le correspondía. Una niña que tiene que aprender a perdonarse a sí misma a la vez que cuida de los demás: «Mi tristeza se echó a un lado para permitir la de ellos».

A su vez, es una niña atravesada por una herencia familiar que no ha elegido y de la que no se puede deshacer. Que sufre por querer dejar atrás un pasado que la persigue, que adora su tierra pero que también le ahoga, que adora a su hermana, pero también quiere ser una y no dos. Una voz que no consigue ser entendida, que tiene un muro frente a ella por el que las palabras no pasan. Que tiene que reconstruir su vida sin la única persona que la entendía, sin la que no concibe el mundo. «Si intento fruncir la memoria y buscar un hueco donde no esté, no soy capaz de encontrarlo».

Igual de importantes son en el libro las palabras que los silencios: narran tanto como lo que se dice. El silencio es causado, en gran medida, por el hecho de que las protagonistas sean niñas y no entiendan aún el mundo que las rodea, el dolor que las atraviesa, el miedo. El lector así toma un papel activo, de tener la capacidad de completar o no esos vacíos, porque completar esos vacíos significa enfrentarse a lo innombrable. En palabras de la autora, «¿qué es lo que da miedo, lo que está ahí fuera o lo que inventamos? O lo que es lo mismo, ¿la realidad o nuestra mente?».

Lana crea, en suma, una historia desgarradora que se transforma en mágica por la forma en que está contada. Por su capacidad de transformar el dolor en algo bello, por crear un libro capaz de tenerte con el corazón encogido, pero también cálido. Escribe una historia que te rompe, pero que al mismo tiempo te recompone, te reconcilia con tus propias heridas. Que recuerda que el dolor es compatible con la vida: «Ver el mundo es un camino abierto para que el corazón se nos rompa o se nos hinche».

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