Entrevista | Un mal menor: cuando la violencia deja de ser una excepción

La literatura suele acercarse a la violencia desde sus consecuencias. Un mal menor, una de las propuestas más inquietantes del proyecto Catálogo a Ciegas de Barrett, decide hacerlo desde otro lugar: el de sus mecanismos. La novela sigue a Carla, una mujer atrapada en una espiral de frustración, resentimiento y fracaso percibido que termina convirtiendo la violencia en una forma de relación con el mundo.

Ambientada en la Barcelona del año 2000, en plena euforia económica de una España que parecía avanzar sin fisuras, la obra conecta lo íntimo con lo estructural para explorar cómo las lógicas de la competitividad, el éxito y la desigualdad terminan infiltrándose en el interior de los hogares.

Hablamos con la persona autora —que permanece en el anonimato como parte de la iniciativa editorial de Barrett— sobre maternidad, capitalismo, fracaso y la incomodidad que atraviesa toda la novela.

El texto plantea una idea incómoda desde el inicio: la violencia como algo que produce resultados. ¿Qué ocurre cuando la violencia deja de entenderse como ruptura y pasa a verse como herramienta?

La novela trata sobre el maltrato a una niña por parte de su madre. La violencia aparece como una correa de transmisión de frustraciones y egolatría. Carla tiene sus motivos, que se explican y documentan, pero el libro no busca convertirse en una balanza naturalista que justifique comportamientos a través de causas.

La protagonista está tratada como una enferma. Se siente atacada e infectada por una serie de objetivos laborales y económicos incumplidos. Vive en la Barcelona del boom económico, del crédito fácil, de los pisos y del dinero. España parecía ir bien, pero no para ella.

La novela funciona como un sistema de traducción entre dos violencias: la violencia cotidiana de un sistema económico que genera desigualdades y la violencia íntima, donde parece posible ajustar cuentas. Así es como Carla entiende el mundo.

Carla no es solo víctima, también es ejecutora. ¿Cómo se construye un personaje que habita ambos lados sin convertirse en caricatura moral?

Lo que más me interesa de Carla es su idea de la maternidad. Para ella representa la sumisión, el fracaso y algo profundamente anacrónico. No quiere que su hija sea mejor que ella ni que alcance aquello que ella no pudo conseguir.

La maternidad se convierte en una forma de competencia.

Toda esa cosmología negativa termina concentrándose en la figura de la hija. Carla es, en cierto modo, una Emma Bovary contemporánea o una Hedda Gabler latina: alguien dispuesto a arrasar con todo porque siente que su propia existencia ha sido arruinada.

A nivel de construcción, los personajes no se crean mediante listas de características. Lo importante es la progresión, las capas que se van retirando poco a poco hasta descubrir quién es realmente esa persona.

Hay una sensación de fracaso constante en la protagonista, especialmente en lo laboral. ¿Qué papel juega el fracaso en la construcción de la violencia cotidiana?

Es fundamental. La novela plantea que la violencia es una consecuencia natural de vivir en el siglo XXI, de intentar integrarse y sobrevivir dentro de determinadas reglas.

Carla vive la ciudad como una selva en la que siempre hay que estar esperando una oportunidad. Pero incluso esa idea de oportunidad está contaminada por el desencanto.

La cuestión es preguntarse qué significa realmente fracasar. Carla confunde el todo con la parte. No logra separar los errores concretos de una vida entera y convierte cada derrota en una prueba definitiva de su inutilidad. Ahí nace buena parte de su violencia.

La relación madre-hija aparece atravesada por la competencia y la mirada externa. ¿Qué sucede cuando el afecto también se mide en términos de éxito?

Se produce un abismo emocional.

La protagonista pierde progresivamente la perspectiva porque empieza a interpretar cualquier logro ajeno como una derrota propia. La lógica de la productividad y la competitividad termina colonizando incluso los vínculos afectivos.

A menudo pensamos que estas dinámicas pertenecen únicamente al mundo empresarial o financiero, pero la novela intenta mostrar cómo también existen dentro de casa.

El ascenso de los otros aparece constantemente como una herida. ¿Por qué el progreso ajeno puede convertirse en violencia percibida?

Porque Carla descubre demasiado tarde que muchas personas no partían desde el mismo lugar que ella.

Observa cómo algunas amigas pueden permitirse salarios precarios porque cuentan con respaldo económico familiar, cómo otras acceden a determinados trabajos gracias a una formación privilegiada o a recursos que ella nunca tuvo.

La violencia no está en el éxito de esas personas, sino en la desigualdad estructural que hace posible que unas trayectorias sean mucho más fáciles que otras.

Hay una frase especialmente potente: “Cuando la rabia y la venganza se apagan entonces afloran las enfermedades”. ¿Qué relación establece el libro entre lo emocional y lo físico?

La novela no pretende justificar una conducta violenta. Al contrario. Lo interesante es observar a una maltratadora incluso después de conocer todas sus circunstancias.

Comprender no significa identificarse ni empatizar necesariamente.

La enfermedad aparece como una consecuencia posible de aquello que no encuentra salida. Carla canaliza toda su energía hacia la rabia y el resentimiento. Cuando esa tensión desaparece, queda el cuerpo.

Carla parece mantenerse sana mientras sostiene esa rabia. ¿Puede la violencia funcionar como una forma de anestesia emocional?

Para ella sí.

Todo aquello que no ha podido hacer, todas las expectativas incumplidas, se convierten en un excedente que necesita salir por algún sitio.

El problema es que Carla ni siquiera sabe si esos conflictos le pertenecen realmente. Lo único que parece tener claro es a quién responsabilizar: a su hija y al capitalismo.

El libro habla constantemente del capitalismo, pero desde lo doméstico. ¿Cómo se cuela un sistema económico en la vida privada?

No se cuela. La conforma.

Ese es precisamente el problema. Hemos sido educados para funcionar dentro de unas reglas que quizá ya no sirven. Cuando descubres esa fractura solo quedan dos opciones: deprimirse o enfadarse.

Y muchas veces ambas cosas ocurren al mismo tiempo.

¿Es posible leer Un mal menor sin posicionarse moralmente?

Creo que lo que realmente incomoda no es la trama, sino la voz narrativa.

Hay una mirada superior que observa a madre e hija como figuras diminutas dentro de un sistema mucho más grande que ellas. Por eso la novela utiliza con frecuencia estructuras que diluyen la idea de control individual.

La pregunta que aparece entonces no es únicamente qué hacen los personajes, sino hasta qué punto cualquiera de nosotros controla realmente su propia vida.

Y quizá esa sea la incomodidad más profunda que propone el libro.

Un experimento literario que cuestiona la autoría

Un mal menor forma parte de Catálogo a Ciegas, la iniciativa con la que Barrett celebra su décimo aniversario publicando ocho novelas de autores y autoras reconocidos bajo el anonimato absoluto.

La propuesta elimina nombres, trayectorias y prestigios previos para devolver toda la atención al texto. Una apuesta que cuestiona el peso de la marca personal en la industria editorial y que invita a leer desde un lugar poco habitual: sin referencias, sin expectativas y sin prejuicios.

En el caso de Un mal menor, el resultado es una novela incómoda, feroz y profundamente política que convierte la violencia cotidiana en una herramienta para reflexionar sobre las heridas invisibles que deja la desigualdad contemporánea.

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