El banco: humor, tiempo y la herida de hacerse adulto

Una comedia íntima que convierte lo cotidiano en verdad escénica

En El banco, Javi regresa al parque de siempre, ese espacio aparentemente anodino que, sin embargo, guarda la memoria de una infancia compartida, de rutinas repetidas y de amistades que el tiempo ha ido diluyendo. Allí, casi por azar —o quizá por destino—, conoce a Reyes, una figura inesperada que irrumpe en su día a día y desencadena una sucesión de juegos, conversaciones, confesiones y conflictos.

Lo que comienza como un encuentro casual se transforma progresivamente en un viaje emocional donde ambos personajes se enfrentan a su propia verdad, a su relación con la mediocridad y a la forma en la que entienden —o intentan entender— el mundo que les rodea. El banco se convierte así en un lugar de paso, de espera y de confrontación, pero también en un refugio desde el que observar la vida con ironía y lucidez.

Ficha artística y técnica

Intérpretes

  • Reyes García
  • Javier Ruíz-Bobillo

Dramaturgia
Creación colectiva de Elena N. Esperilla, Reyes García, Javier Ruíz-Bobillo y Adrián Pulido

Dirección

  • Adrián Pulido

Sobre la obra

Con una puesta en escena sencilla y directa, El banco apuesta por la palabra, el ritmo y la complicidad con el público. El texto, nacido del trabajo colectivo, construye una comedia que transita entre la ligereza del humor y una reflexión profunda sobre el paso del tiempo, las expectativas sociales y la dificultad de encontrar un lugar propio en un mundo que parece exigir respuestas inmediatas.

La obra plantea preguntas universales: ¿Qué significa “haber llegado”?, ¿Quién decide cuándo estamos perdiendo el tiempo?, ¿es obligatorio saber siempre qué queremos hacer con nuestra vida? Sin moralinas ni respuestas cerradas, El banco propone mirar esas dudas desde el humor, convirtiendo la risa en una herramienta para atravesar la herida.

Crítica de Nerea FerGom

El banco es una obra de humor con un escenario mínimo —un banco— y dos grandes intérpretes que lo llenan todo. Dos son las cosas que más me han gustado de la obra: por un lado, el acercamiento directo de los intérpretes al público, esa sensación de cercanía que rompe la cuarta pared emocional; y por otro, que se haya conservado el acento andaluz, algo que no debería sorprendernos, pero que se agradece profundamente en un contexto donde muchas interpretaciones tienden al acento neutro.

La obra comienza con un humor casi incalculable, inmediato, que conecta desde el primer momento. Sin embargo, a medida que avanza la función, uno se da cuenta de que debajo de la risa hay un problema, una herida, una grieta. Y todo está contado desde el humor, porque dicen que las heridas, cuando se miran con humor, sanan mejor. El banco es un claro ejemplo de ello.

La herida que se expone es la de hacerse adulto en un mundo en el que parece que todo el mundo sabe lo que tienes que hacer… menos tú. En una sociedad que da la sensación de que, si no sigues el camino marcado, se te está agotando el tiempo. El tiempo: qué palabra tan valiosa y tan mal usada. El tiempo se agota, sí, pero se agota para todo. Y aun así, hay que vivir. Tener claro —o no— qué queremos hacer, adónde queremos ir o dónde queremos quedarnos. Pero hacerlo desde un lugar honesto, hacerlo como sentimos.

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