Un camerino, un incienso encendido y una conversación sobre verdad, memoria y oficio

Artista Lidia Otón
Entrevista y Fotografías Nerea FerGom
Agradecimientos Teatro La Abadía
Introducción
Nos adentramos en los entresijos del Teatro de La Abadía. Lidia Otón acaba de llegar a su camerino:
lleva un incienso entre los manos, me ofrece una silla y nos acomodamos en ese espacio sagrado
para cualquier intérprete. Allí, rodeados de silencio y esa luz tan característica, hablamos De
Francisco Ferrer ¡Viva la Escuela Moderna!, la nueva producción dirigida por José Luis Gómez sobre
la figura enigmática y polémica de Francisco Ferrer Guardia.
Una obra que interroga, que cuestiona, que incomoda. Que obliga a mirar la historia sin filtro.
La sinopsis insiste en ello:
«Francisco Ferrer ha resultado siempre una figura intrigante. Su insólita condición de millonario
subversivo; el origen oscuro de su fortuna; su posible implicación en atentados; la escuela libertaria
que creó; su condena sin pruebas y la campaña internacional tras su muerte lo convierten en un
personaje único. Un siglo después, muchas dudas persisten. ¿Era realmente anarquista? ¿Innovador
pedagógico o propagandista? ¿Por qué su fusilamiento conmovió tanto a la izquierda internacional?»
Con estas preguntas sobre la mesa y un texto tan luminoso como incómodo, comienza nuestra

“Un texto que descoloca… y que te obliga a pensar”
NFG: ¿Cómo fue ese primer encuentro con el texto?
Lidia Otón: Fue hace más de un año. José Luis ya me había ofrecido otros proyectos que no salieron y no contaba con este. Cuando producción me pasó el texto, lo primero que pensé fue: “Esto es dificilísimo”. No conocía la figura de Ferrer, era un misterio para mí. Y a medida que leía la función me fascinaba… y me aterraba. Me preguntaba: “¿Cómo vamos a hacer esto?” Porque es muy pedagógica, muy discursiva. Pero la gente no se queda solo con eso: sale movida por la parte emocional.
NFG: La obra genera incomodidad. No se sabe dónde colocarse moralmente al principio. ¿Cómo se consigue eso?
LO: Tiene que ver con la puesta en escena y con el propio texto. Hay ambigüedad, sombras, zonas turbias en Ferrer. Sí se retrata favorablemente su obra pedagógica, pero no se oculta lo oscuro. El público al principio duda… y eso es interesantísimo. Después se coloca, pero la duda inicial deja huella. No hay “buenos buenísimos” ni “malos malísimos”. Eso enriquece.
“Tres mujeres, una sola actriz: el vértigo de transformarse sin red”
NFG: En escena interpreta a tres personajes totalmente distintos. ¿Cómo se transita por esas identidades sin artificio?
LO: Ese es el gran regalo del montaje. No tengo caracterización, apenas elementos de vestuario. Todo está en el trabajo actoral. Teresa San Martín es una señora del XIX, fuerte, bien armada, que llegó a disparar a Ferrer. La discípula francesa es otra energía: la mecenas que hizo posible la escuela. Y Sol, la hija, pertenece ya a los años treinta. El reto es medir: ni pasarte ni quedarte corta. Y además son monólogos. No tienes al compañero para sostenerte. Trabajas hacia afuera todo el rato. Solo recibo del público… del silencio del público.
NFG: Durante una función le observé quieta, en un extremo, sin moverse mientras otro compañero hablaba. ¿Qué pasa por su cabeza en esos instantes?
LO: Nada y todo. Trabajo estados internos: la indignación, la sorpresa, la injusticia. Y te confesó algo: un día, en los ensayos generales, perdí una lentilla en escena. Tenía un foco directo, me cayó una lágrima, la lentilla se deslizó… un desastre. Así que decidí salir sin lentillas ni gafas graduadas. No veo al público. Lo intuyo. Y eso me obliga a trabajar desde dentro, desde lo que siento y desde lo que cuento.
“Un juicio de 1909 que resuena demasiado en 2025”
NFG: La función habla de injusticias de 1909. Y, sin embargo, resuena ahora con una fuerza tremenda.
LO: Muchísima gente nos lo dice. Lo inquietante es que parece que no hemos avanzado tanto: justicia sin pruebas, juicios políticos, verdad frágil… Pero hay esperanza. Ese muro que se rompe en escena para muchos espectadores es que entra la luz. Lo dicen ellos. Y yo quiero creerlo.
NFG: ¿Por qué es importante que exista un espectáculo así hoy?
LO: Porque estamos perdiendo valores. Porque olvidamos rápido. Y porque la educación —que fue el centro de la obra de Ferrer— está desatendida. Sin educación no se va a ninguna parte. He tenido alumnos que me decían tras la función: “Lidia, me han dado ganas de vivir”. Eso es el teatro. Eso es lo que no debería perderse.

“Los jóvenes y el teatro: un puente que aún no hemos construido”
NFG: ¿Cree que no se educa a los jóvenes en el teatro?
LO: No, para nada. No forma parte de su vida ni del currículo. Se hace una salida escolar cada cinco años… y poco más. El teatro enseña emociones, convivencia, imaginación, historia. Te da un doctorado en humanidad. Mi hijo mayor, por ejemplo, va solo al teatro. Pero no encuentra amigos que se unan.
“El escenario no da estabilidad… pero sí sentido”
NFG: ¿El teatro da estabilidad hoy? Muchos actores lo viven como refugio frente a la incertidumbre del audiovisual.
LO: No da ninguna estabilidad económica. Ninguna. Se cobra menos que en audiovisual y no hay glamour. Lo que sí da es un proceso creativo real: 45 días de ensayo, compañeros, un director… el espacio para cocinar un personaje. El audiovisual es casi comida rápida: rápido, eficaz, solitario.
NFG: ¿Se nota quién tiene formación teatral?
LO: Mucho. Aunque hay de todo: actores formados que no lo parecen y actores sin formación con un regalo natural enorme. Pero la técnica es necesaria. No basta con talento. El talento sin trabajo se muere. Se agota. Te repites. Y sobre todo: el actor tiene que poder transformarse. Para eso hace falta técnica, voz, cuerpo, disciplina.

“Una generación brillante pero frágil”
NFG: Como docente, ¿qué es lo más difícil de trabajar con actores jóvenes hoy?
LO: La frustración. No la toleran. Están acostumbrados al “like” inmediato. Hay poca capacidad de esfuerzo. Mucha idealización. Y además es muy difícil formarse: pagar una escuela, un alquiler, comer… Pero lo más importante para mí, cuando enseño, es inculcar respeto por el oficio. Respeto profundo. No solo enseñar técnica: educar.
NFG: ¿Cómo se prepara antes de salir a escena?
LO: Paso el texto entero si puedo. Me paseo por el patio de butacas y se lo digo a mi público imaginario. Lanzo el texto desde las butacas al escenario. Enciendo el incienso.Creo atmósfera. Y saludo a los técnicos. Siempre.
NFG: ¿Por qué hay que ver Francisco Ferrer ¡Viva la Escuela Moderna!?
LO: Porque el público sale distinto de como ha entrado. Porque la figura de Francisco Ferrer necesita ser recordada. Porque sus palabras aún resuenan. Y porque es un acto de memoria, de educación y de luz.
NFG: Y como recomendación para los lectores de NouArte…
LO: La Escuela del Alma, de Josep Maria Esquirol
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