El Orgullo no es marketing. La cultura tampoco debería serlo.
Hay una pregunta que lleva días rondándome la cabeza.
¿Quién nos dio el derecho a decidir cómo debe amar otra persona?
¿Quién decidió que unas formas de amar eran válidas y otras no? ¿Quién estableció que una identidad merecía respeto y otra debía esconderse? ¿Quién nos hizo creer que lo diferente era una amenaza y no una oportunidad para comprender mejor el mundo?
Quizá la pregunta más difícil sea otra: ¿por qué seguimos haciéndonos estas preguntas en pleno siglo XXI?
Cada año, cuando llega el Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+, las redes sociales se llenan de banderas arcoíris. Grandes marcas, instituciones, empresas y personalidades cambian durante unos días sus fotografías de perfil. Algunas incluso incorporan la bandera a su logotipo como si bastara con superponer un símbolo para demostrar un compromiso.

Y entonces me pregunto: ¿qué ocurre el resto del año?
¿Cuántas de esas marcas siguen apoyando al colectivo cuando termina junio? ¿Cuántas mantienen políticas reales de inclusión? ¿Cuántas continúan dando espacio, contratando, representando y defendiendo los derechos de las personas LGTBIQ+ cuando ya no genera interacciones ni titulares?
Los derechos humanos no son una estrategia de comunicación.
No son una campaña de temporada.
Y tampoco deberían depender del algoritmo.
España tiene uno de los Orgullos más importantes del mundo. Es una celebración reconocida internacionalmente, un espacio de encuentro, reivindicación y visibilidad construido gracias a décadas de lucha. Sin embargo, esa misma lucha sigue siendo necesaria porque los derechos nunca son definitivos.
Lo estamos viendo en distintos lugares del mundo, pero también en nuestro propio entorno. Discursos que parecían superados vuelven a ocupar espacio. Derechos conquistados durante años de esfuerzo vuelven a ponerse en cuestión. Y eso debería recordarnos que ninguna libertad está garantizada para siempre.
Ojalá llegue el día en que el Orgullo sea únicamente una celebración.
Pero mientras haya personas que sigan sufriendo rechazo, violencia, discriminación o miedo por ser quienes son o por amar a quien aman, seguirá siendo, sobre todo, una reivindicación.
Porque, sinceramente, todavía me cuesta comprenderlo.
¿Qué más da a quién ame una persona?
¿En qué cambia nuestra vida?
¿Por qué sentimos la necesidad de juzgar aquello que simplemente es diferente a nosotros?
¿Quién nos hizo creer que lo impuesto es mejor que lo diverso?
La diferencia nunca ha sido el problema.
El problema siempre ha sido el miedo a comprenderla.
Y es precisamente ahí donde la cultura lleva décadas haciendo un trabajo que muchas veces ni la política ni las instituciones han conseguido.
Antes de que muchos discursos hablaran de diversidad, el arte ya estaba contando estas historias.
Lo hizo el cine.
Lo hizo el teatro.
Lo hizo la literatura.
Lo hizo la música.
Lo hicieron quienes, aun sabiendo que podían ser señalados, decidieron crear personajes, canciones y relatos capaces de cambiar la forma en la que una sociedad se miraba a sí misma.
Muchas personas de mi generación crecimos viendo Aquí no hay quien viva. Mauri y Fernando no eran únicamente «la pareja gay». Eran dos vecinos más. Discutían, se reconciliaban, hacían reír, se equivocaban y amaban como cualquier otra pareja del edificio. Aquella normalidad fue revolucionaria.
Poco después llegaron David y Fer en Física o Química. Para muchísimas personas jóvenes supusieron la primera vez que una historia de amor entre dos chicos ocupaba el centro del relato sin esconderse. Hubo adolescentes que, gracias a ellos, dejaron de sentirse solos.
Y mucho antes, Mecano ya había cantado en Mujer contra mujer al amor entre dos mujeres en una España que todavía estaba aprendiendo a respirar en libertad. Aquella canción no solo hablaba de amor; cuestionaba el juicio de quienes creían tener derecho a decidir qué relaciones merecían respeto.
Eso también es cultura.
Y eso también cambia mentalidades.
Hoy seguimos viendo cómo el cine español continúa ampliando esa representación con nuevas historias y miradas. Películas como 9 lunas, Esta cuerpo mío o Iván & Hadoum forman parte de una generación de obras que entiende que representar la diversidad no responde a una moda, sino a una necesidad. Porque cuando alguien se reconoce en una historia deja de sentirse invisible.
Lo mismo ocurre con el deporte.
Las futbolistas españolas no solo han cambiado la historia dentro del campo. También se han convertido en referentes de una generación que entiende el deporte como un espacio desde el que defender derechos, igualdad y libertad. Hay miles de niñas y niños que hoy las miran como modelos. Y eso tiene un impacto inmenso.
Porque la cultura transforma.
Y transforma precisamente porque es universal.
Es mucho más fácil sentirse reflejado en un personaje, en una película, en una canción o en una obra de teatro que en un discurso político. Todas las personas hemos encontrado alguna vez refugio en un libro, hemos sentido que una canción hablaba de nosotros o hemos visto una película que nos hizo comprender una realidad distinta a la nuestra.
Ahí reside su fuerza.
La cultura no impone.
La cultura emociona.
Y cuando una historia emociona, también educa.
Por eso los medios culturales tenemos una responsabilidad.
No basta con hablar de diversidad durante una semana al año. No basta con dedicar una portada al Orgullo cuando llega junio para después olvidarlo hasta el año siguiente.
La representación no puede depender del calendario.
En NouArte creemos que el periodismo cultural también consiste en defender los espacios donde todas las personas puedan verse reflejadas.
Creemos en una cultura accesible.
En una cultura diversa.
En una cultura que haga preguntas incómodas.
En una cultura que abra puertas en lugar de cerrarlas.
NouArte nació precisamente porque entendíamos que el mundo de la cultura seguía siendo, en muchos aspectos, demasiado elitista y poco accesible para muchas personas. Queríamos cambiar esas reglas. Queríamos construir un lugar donde cualquier persona pudiera encontrar historias que le hicieran pensar, emocionarse y sentirse parte de la conversación.
Porque la cultura pierde todo su sentido cuando deja fuera a alguien.
Y porque el arte nunca ha consistido únicamente en entretener.
También sirve para recordar.
Para cuestionar.
Para resistir.
Y para defender la dignidad de las personas.
Ojalá llegue el día en que ya no tengamos que escribir editoriales como este.
Ojalá el Orgullo sea únicamente una fiesta.
Pero mientras siga siendo necesario reivindicar que todas las personas tienen derecho a amar, a existir y a vivir con libertad, la cultura no puede mirar hacia otro lado.
Y nosotros tampoco.
Porque, si algo tenemos claro en NouArte, es que la cultura solo tiene sentido cuando es un lugar donde todas las personas pueden verse reflejadas.
Aquí cabemos todes.