Las Gratitudes: sin el lenguaje, ¿qué nos queda?

Parecía difícil trasladar una obra tan íntima y pequeña a un escenario. Pero Marta Betoldi y Juan Carlos Fisher lo hicieron, manteniendo intacta la sencillez de la novela de Delphine de Vigan. Tan solo les hizo falta una habitación de atrezo, juegos de luces cálidas y frías y tres protagonistas –Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto–.

Sin embargo, lo especial de esta obra radica en que los verdaderos protagonistas no ellos. Son las palabras, tal y como ocurre en el libro. Michka es una anciana sufre de afasia: se le olvidan las palabras, las mezcla y las confunde, y con esto se crea un juego del que todo el público es parte. En el que, aunque sea una historia aparentemente triste, el público no puede parar de reír.  

Se crea un teatro vivo, en el que los espectadores intentan descifrar qué palabra habrá querido decir Michka o qué palabra no consigue pronunciar aun teniéndola en la punta de la lengua. Mediante las palabras y las historias también se construye toda la historia, se va descifrando poco a poco el significado y la vida de cada uno de los personajes, en una obra en la que la imagen es más secundaria.

“Tengo la sensación de estar perdiendo algo todo el rato, pero no sé qué es”. Palabras de Michka, la vemos buscando debajo de la cama, a través de la ventana. Lo que pierde es algo invisible: son las palabras. Y para eso está Jérôme, quien “trabaja con la ausencia, con los recuerdos que ya no están y con los que resurgen tras un nombre, una imagen, un perfume”. Es un logopeda que trabaja, precisamente, con las palabras y el silencio, y que ayuda a Michka a no perder su hilo comunicativo.

Marie, por otro lado, es una joven vecina a la que Michka cuidó durante toda su infancia. Ahora es Marie quien cuida a Michka, y no puede evitar plantearse si es suficiente muestra de gratitud, si es capaz de trasladarle a Michka su agradecimiento como ella se merece. ¿Alguna vez, acaso, es suficiente, o siempre quedarán cosas por decir?

Precisamente de esto trata esta obra: de decir “gracias” a tiempo, de no dejar que las palabras no dichas pesen y arrastren a lo largo de los años. En la voz de Michka: “Es importante hablar cuando aún tenemos todas las palabras”.

Esto es lo que une a los tres personajes: la esta necesidad de hablar antes de que llegue el silencio absoluto y, con él, el arrepentimiento. Envejecer es aprender a perder, como bien dice Delphine de Vigan. Hay cosas que perdemos sin que podamos hacer nada, pero hay otras que podemos dejar hechas antes de que sea tarde. Antes de que la vida sea demasiado pesada.

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